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Homenajes y recuerdos

Toponimia constitucional

 

Entre los numerosos espacios públicos que ostentan este nombre en nuestro país, algunos de gran raigambre y singular función en su correspondiente entramado urbano, la actual toponimia constitucional a veces enlaza con otra, referida casi siempre a la primera Constitución española, la de 1812, que por diversos avatares políticos se había perdido en muchos casos. Valgan unos cuantos ejemplos y, también, una excepción.

Cádiz -no podía ser de otra manera- como sede de las Cortes que aprobaron en 1812 la primera Constitución española, exhibe orgullosa un monumento conmemorativo de “la Pepa” en una gran plaza abierta tras el derribo de la muralla. Construido, sin embargo, para celebrar el primer centenario del texto legislativo, sus obras duraron casi veinte años y su inauguración, en 1929, coincidió con los momentos finales de la Dictadura de Primo de Rivera. Quizá por ello, y porque estaba dedicada a las Cortes, la obra del arquitecto Modesto López de Otero y del escultor Aniceto Marinas, se mantuvo incólume a través de los avatares de la Guerra Civil y del franquismo; eso sí, la plaza se denominó “de España” durante muchos años hasta recuperar su actual rótulo de “la Constitución”.

En Almería, la popular Plaza Vieja, con sus soportales dieciochescos, vuelve ahora a lucir el nombre oficial de la Constitución y destaca de nuevo, en su centro, el Monumento a los Coloraos, levantado en memoria del pronunciamiento de un grupo de liberales en 1831. Durante la dictadura franquista, en 1943, el grupo escultórico fue derribado y hubo que esperar a 1988, décimo aniversario del actual texto constitucional, para que fuera repuesto en su lugar.

También en ciudades tan distintas como San Sebastián (Guipúzcoa) y Vigo (Pontevedra), sus céntricas e históricas plazas porticadas, tras diversos cambios, han recuperado finalmente el rótulo de la Constitución.

No es éste el caso, en cambio, de la plaza con ese nombre de Hospitalet de Llobregat (Barcelona). Quién sabe por qué hados favorables su dedicación a la Constitución de 1812 ha pervivido hasta la actualidad y, el 6 de diciembre de 1983, primero en que se celebró el Día de la Constitución como fiesta oficial en toda España, el Ayuntamiento descubrió allí una placa en memoria de ambos textos, el de 1812 y el de 1978.

En el extremo opuesto, puede mencionarse la Plaza Mayor de Madrid. Su castiza denominación popular ha podido más que todos los designios oficiales que, a lo largo de los siglos XIX y XX y al compás de la agitada peripecia del Estado liberal, han pretendido rebautizarla para honrar la Constitución. El primer intento duró dos años (1812-1814), también el segundo (1820-1823) y el tercero (1833-1835) y todavía habría un cuarto (1840-1843). Mejor suerte corrió durante la Restauración canovista desde 1876 hasta el golpe de Primo de Rivera, en 1923, la plaza mantuvo ese nombre oficial, que recuperó al proclamarse la II República y perdió definitivamente en 1939. Tras un breve paréntesis, en 1940, la Plaza retomaría su adjetivo de Mayor, conservado hasta el día de hoy.

Por cierto, que a esta accidentada historia constitucional de la céntrica plaza de la Villa y Corte no le va a la zaga lo sucedido con un famoso cuadro de Goya, La alegoría de la Villa de Madrid, que hoy figura entre las obras más preciadas del Museo Municipal capitalino. En este cuadro, el gran pintor representó a la ciudad como una joven matrona coronada, vestida de blanco con manto rosa, descalza y con un perrito –símbolo de la fidelidad- a sus pies; mientras uno de sus brazos se apoya en el escudo de la villa, el otro señala hacia un medallón en el que hoy puede leerse, en letras de oro, la frase “Dos de Mayo”, recuerdo inequívoco de la sublevación de los madrileños contra los franceses en los primeros días de la Guerra de la Independencia. Pero hete aquí que no fue precisamente ésa la intención primera del artista.

El cuadro respondía al encargo del Ayuntamiento afrancesado de la ciudad, que quería colgar en la Sala Capitular un retrato del nuevo monarca, José Bonaparte, hermano de Napoleón. Así, cuando en febrero de 1810 Goya presentó la tela, en el medallón destacaba la efigie del rey José. No sería por mucho tiempo. En mayo de 1812, los franceses derrotados abandonaron la ciudad y los patriotas madrileños hicieron desaparecer el retrato del óvalo, pintando encima la palabra CONSTITUCIÓN, en honor a la entonces recién aprobada en Cádiz. Tan sólo unos meses más tarde, en noviembre, los reveses de la guerra devolvieron a Pepe Botella a su lugar en el medallón, del que sería definitivamente desahuciado en 1813, tras la derrota final de las tropas napoleónicas. De nuevo apareció el rótulo constitucional, que la reacción absolutista de Fernando VII hizo desaparecer en 1814, sustituyéndolo por su retrato. Ahí se mantuvo hasta 1843, en que los liberales ordenaron cubrir su imagen por la leyenda “Libro de la Constitución”. Tres décadas más tarde, en 1872, el alcalde de entonces, marqués de Sardoal, quiso recuperar el retrato regio que supuestamente se escondía bajo los diversos repintes del medallón y, al no encontrarlo, mandó que se inscribiera la frase “Dos de Mayo”, poniendo fin a los avatares constitucionales de la preciada obra de Francisco de Goya.

Plaza Mayor
Plaza Mayor de Madrid
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